CARAVANA DE LA MUERTE: EPISODIO ANTOFAGASTA

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CARAVANA DE LA MUERTE: EPISODIO ANTOFAGASTA

CARAVANA DE LA MUERTE: EPISODIO ANTOFAGASTA

Parte 1

Se denomina así a la operación militar implantada por la dictadura de Augusto Pinochet para asesinar a militantes de izquierda y simpatizantes del Gobierno de la Unidad Popular, en un recorrido que abarcó desde el sur al norte del país.

 

La comitiva estuvo formada por:

  • Sergio Arellano Stark, delegado directo de Pinochet, cabecilla de la comitiva, En octubre de 1973, fue designado por Augusto Pinochet como “Delegado de la Junta Militar de Gobierno”, cuya principal función era la de «agilizar y uniformar criterios sobre la administración de justicia» para con los prisioneros políticos.

  • Coronel Sergio Arredondo González, Alias “Rorro”. Brazo derecho de Arellano

  • Mayor Pedro Espinoza Bravo

  • Mayor Carlos López Tapia

  • Capitán Marcelo Moren Brito

  • Capitán Luis Felipe Polanco

  • Capitán Emilio de la Mahotiere González

  • Teniente Juan Chiminelli Fullerton

  • Teniente Armando Fernández Larios

  • Más dos clases de la Escuela de Infantería

Inició  desde el aeródromo Tobalaba el 30 de septiembre de 1973, a bordo de un helicóptero Puma del ejército, cuyo recorrido inicial fueron ciudades del sur de Chile: Rancagua, Curicó, Talca, Linares, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt y Cauquenes. A su paso dejó 26 personas muertas. El regreso de la caravana a Santiago fue el 6 de octubre.

En el norte de Chile la misión  partió el 16 de octubre de 1973, recorriendo las ciudades de La Serena, Copiapó, Antofagasta, Calama, Iquique, Pisagüa y Arica. El saldo de muertos fue de 71 personas. El regreso definitivo a Santiago tuvo lugar el 22 de octubre de ese año.

En julio de 1998, Augusto Pinochet reconoció a la prensa que le encargó al general Arellano la misión de “agilizar” los juicios en el norte. Asimismo, admitió que “hubo ejecuciones luego de juicios de guerra”, en el marco de la “guerra interna” que vivió el país, aunque negó haber dado “instrucciones de matar a nadie”, desligando su posible responsabilidad de los hechos.

 

La comitiva asesina aterrizaba su helicóptero  en el Regimiento  Esmeralda de  Antofagasta el 18 de octubre de 1973 provenientes desde Copiapó,  donde ya habían dejado a su paso una estela de muertes de personas inocentes. Allí, fueron recibidos por General  Joaquín Lagos Osorio, jefe de la división Antofagasta del Ejército  quien, como un acto de gentileza por haber sido tantos años vecinos, le ofreció su hogar como hospedaje, a él y a su ex segundo comandante en el Regimiento “coraceros”, el coronel Sergio Arredondo.

Arellano no dijo ni mostró a su anfitrión la carta donde el propio  Pinochet lo nombraba “Delegado de la Junta de Gobierno” y sólo se limitó a contarle que venía encomendado con el objetivo de “unificar criterios sobre la Administración de justicia y agilizar los juicios pendientes” y, solicitaba a Lagos reunirse con los miembros de la guarnición militar para tratar el tema de “la debida conducta en un momento tan crítico para el país.” Profundizó  en el punto relativo a la calidad del enemigo que tenían al frente y el clima político que provocó la revolución”. Luego de ello, Lagos llevó a sus invitados Arredondo y Arellano a su domicilio a almorzar, mientras el resto de la Comisión lo hacía en el Hotel Antofagasta, no sin antes dejar expresas instrucciones de que todo estuviera dispuesto para que Arellano pudiera trabajar en su oficina de la Comandancia. Encomienda al Auditor de la división, teniente coronel Marcos Herrera Aracena que se preparara para mostrarle a Arellano los sumarios fallados y los “en proceso”, para que vieran en conjunto los nuevos procedimientos  y preparara un memorándum  para su posterior análisis.

Después del Almuerzo, Lagos se fue a su oficina en la Intendencia  y Arellano partió a la comandancia. Allí trabajó con la asesoría del comandante Herrera, a quien sí le mostró el documento oficial que lo investía como “Oficial Delegado” y le informaba que a contar de ese momento, él, Arellano, pasaba a tener el mando de toda la situación referente  a  procesos y  Consejos de Guerra en su calidad de Delegado de la Junta de Gobierno y del Comandante Jefe del Ejército.

Herrera guardó “prudencial y ético” silencio. No contaría esta situación hasta mucho tiempo después. Para el auditor las órdenes de Arellano pasaban a cumplirse sin discutir los términos, pues el documento le otorgaba una autoridad superior al Comandante Lagos.

Mientras tanto, en la Intendencia,  se aprestaban  a recibir la inesperada visita de Pinochet, quien le avisaba que haría una escala en Antofagasta por unas horas, de su viaje a Iquique,  junto a su mujer.

Así, cerca de las 18:30  ya en el hangar, Arellano y su comitiva estaban distantes del grupo de uniformados que recibía a Pinochet, lo cual causó extrañeza en algunos de los presentes

Una vez que Pinochet  e Hiriart  pisaban suelo antofagastino, el comandante  informaba que en la ciudad la situación era de completa calma  y, luego de los saludos y vituperio de rigor, Pinochet avisaba  personalmente al teniente coronel Sergio Arredondo la buena nueva  de que había decidido nombrarlo director de la Escuela de Caballería, el premio mayor para un comandante equitador.

El dictador emprende su ruta  hacia Iquique. Lagos y Arellano se retiran a su residencia en el vehículo del primero y Arredondo solicita permiso para quedarse  con el vehículo de Arellano. Lagos supone que Arredondo visitaría y festejaría con su familia, por lo que accede al préstamo del Automóvil.

Horas más tarde,  Arredondo se  disculpaba telefónicamente  con Lagos, por no asistir a la comida en casa de su anfitrión y Arellano se preguntaba a viva voz por el resto de la comitiva hospedad en el Hotel Antofagasta.

Esa noche el auditor militar Herrera Aracena,  fue a la cárcel de Antofagasta, a las 23:30, a entregar a los prisioneros que debían morir. Horas más tarde, a las 01:30 de la mañana, los 14 prisioneros eran acribillados con ráfagas de ametralladoras.

“Hubo un retiro masivo de prisioneros por una orden transmitida por el mayor Patricio Ferrer Ducaud, jefe del Servicio de Inteligencia de Antofagasta, quien me dijo que era imprescindible cumplir con todos los consejos de guerra pendientes. Se me pidió autorización y no sé a quién le comuniqué que autorizaba la salida de los prisioneros. Recuerdo que, junto al mayor Ferrer, había otro oficial. Yo no me fijé si salieron o no los presos, ya que me desentendí del asunto. Tendría que suponer que fueron llevados en un camión. En esa situación yo no podía meterme, ya que no tenía capacidad de mando (…) Supuse que iban a interrogar a los prisioneros y hacerse los consejos de guerra. Luego supe que la gente fue fusilada y sé que quedó la escoba”.

El 19 de octubre, muy temprano por la mañana, mientras los dos comandantes se  alistaban para volver al Regimiento Esmeralda donde los esperaba el helicóptero con ruta hacia  Calama, Herrera se presentaba ante ambos para “sacarle la firma” a Arellano, “por el trabajo efectuado el día anterior” explicaba el último.

Cuando el Helicóptero de la comitiva se elevó hacia el cielo con rumbo a Calama, Lagos volvía a su oficina de la Intendencia donde era recibido por un alarmado mayor Manuel Matta, encargado de Relaciones públicas  quién, con el rostro desencajado y luego de entender que Lagos no tenía conocimiento de lo sucedido en la noche anterior, comienza a relatar los hechos.

Lagos, escuchaba estupefacto y confundido a la vez, el relato de cómo se habían ocupado vehículos que estaban bajo su mando para el traslado de los presos hacia la Quebrada Way, cómo los habían asesinado, cómo habían trasladado los cuerpos hasta la morgue del Hospital Regional de Antofagasta,  donde  debido al poco espacio del recinto,  estaban a vista de todo el mundo. Junto con ello, comenzó a recibir llamadas de su esposa  quien le pedía explicaciones de por qué fuera de su hogar habían una veintena de mujeres llorando desconsoladas por la muerte de sus esposos, hijos y hermanos.

Aún sin saber de la potestad con que Arellano estaba investido, trató de denunciarlo a Pinochet, pero éste no se encontraba ubicable en su visita entre Iquique y Arica. Entonces ordenó que el capellán hablara con las familias de las víctimas, que los médicos de la MORGUE “armaran” los cuerpos como pudieran (como si se tratasen de algo que pudieran  reparar), entregarlos en urnas cerradas a sus familiares  y,  que se presentaran de inmediato todos los comandantes de unidades de su jurisdicción.

¿Qué sucedió en esa reunión? El relato del general Lagos es el siguiente: “Mi primera pregunta hacia ellos fue si tenían conocimiento de lo que había sucedido la noche recién pasada. Todos guardaron silencio. A continuación pregunté quién había  facilitado vehículos para transportar a los detenidos a la Quebrada del Way  y, después, trasladar los cadáveres a la morgue. El coronel Adrián Ortiz, director de la Escuela de Unidades Mecanizadas, me contestó que él. Le pregunté por orden de quién. Ya no me contestó.

Dije que era yo quien respondía por lo que se hacía en mi zona, que sólo con mi autorización podían  moverse vehículos, sobre todo para ser empleados en tareas como esa .Estaba furioso el general Joaquín Lagos: “Les enrostré su total carencia de lealtad y agregué que no tomaba medidas porque, al día siguiente, dejaría mi cargo a disposición del Comandante en Jefe, quien regresaba de Iquique a Santiago. Todos, en forma unánime, me pidieron que no lo hiciera, dada la situación que vivía el país. Pero les dije que no podía aceptar el atropello de que había sido objeto, que no podía aceptar estos crímenes que enlodaban al Ejército y al país, sin respeto alguno por las normas legales vigentes”.

 

Fuente:https://vozciudadananoticias.com/2015/10/17/caravana-de-la-muerte-episodio-antofagasta/