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Chile es hoy uno de los países líderes de América Latina en producción de energía verde —también llamada renovable—. En 2024, cerca del 80% de la energía generada provino de fuentes limpias como la solar y la eólica.
Sin embargo, existe una paradoja profunda y poco discutida: Chile es, al mismo tiempo, el país que más energía renovable desperdicia, es decir, energía que se produce pero se “bota” o se vierte sin poder ser utilizada.
Este desperdicio no es casual ni técnico únicamente, sino el resultado de una serie de decisiones estructurales, económicas y políticas que explico a continuación.
Chile desperdicia una cantidad significativa de energía renovable, un fenómeno conocido técnicamente como vertimiento. Esto ocurre principalmente por un desajuste estructural entre los lugares donde se produce la energía —especialmente en el norte y sur del país— y donde efectivamente se consume, sumado a una insuficiente capacidad de transmisión eléctrica.
Resolver este problema no es opcional: es fundamental si Chile quiere que su liderazgo en energías limpias sea real y no solo una cifra para los informes.
El vertimiento de energía renovable en Chile no es un accidente ni un problema técnico aislado. Sus principales responsables son:
Un modelo eléctrico orientado al mercado, donde la planificación queda subordinada a la rentabilidad privada y no a las necesidades del país.
La falta de inversión oportuna en transmisión eléctrica, que no creció al mismo ritmo que la generación renovable.
La ausencia de una planificación territorial y energética integrada, que permita anticipar dónde se producirá la energía y cómo se transportará.
Decisiones políticas postergadas, que han privilegiado soluciones de corto plazo por sobre una estrategia energética de largo aliento.
Millones de dólares en inversión desperdiciada, tanto pública como privada.
Aumento artificial de los costos del sistema eléctrico, que terminan pagando los consumidores.
Pérdida de oportunidades para desarrollar industria, empleo e innovación, como el hidrógeno verde o el almacenamiento energético.
Energía limpia que se pierde mientras centrales contaminantes siguen operando.
Mayor presión sobre territorios ya intervenidos, sin un beneficio energético real.
Una transición energética que avanza en cifras, pero retrocede en impacto efectivo
Comunidades que conviven con megaproyectos energéticos sin recibir los beneficios prometidos.
Desigualdad territorial: se produce energía en regiones, pero no mejora la calidad de vida local.
Creciente desconfianza ciudadana frente al discurso “verde” que no se traduce en bienestar concreto




