La tiranía del consenso ideológico y la servidumbre del pensamiento único.
El verdadero y más devastador bloqueo que asfixia a Cuba no posee una génesis exógena, sino estrictamente endógena.
Ha sido la dinastía de la familia Castro y la oligarquía burocrática del Partido Comunista las que, siguiendo el patrón histórico de los regímenes totalitarios, han secuestrado las fuerzas productivas, sofocado la iniciativa individual y cercenado las libertades fundamentales de su propio pueblo.
En la actualidad, sostener una apología de esa autocracia exige ignorar una evidencia histórica abrumadora.
El principal adversario del régimen cubano no ha sido el embargo estadounidense, sino el fracaso acumulado de un modelo político, económico y social que, tras más de seis décadas, no ha conseguido garantizar prosperidad, libertad ni instituciones capaces de corregir sus propios errores.
El caso cubano no constituye una anomalía. Toda dictadura, cualquiera sea la ideología que invoque para legitimarse, reproduce una misma lógica: concentra el poder, destruye la independencia judicial, neutraliza la prensa libre, elimina el pluralismo político y convierte al ciudadano en un medio al servicio del Estado.
Como explicó en Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el rasgo distintivo de estos regímenes no es únicamente la represión física, sino su pretensión de dominar la totalidad de la existencia humana.
El totalitarismo busca que los individuos dejen de pensar por sí mismos, sustituyendo el juicio crítico por la obediencia y la realidad por la propaganda.
Karl Popper, sostuvo que una sociedad libre solo puede existir cuando ninguna autoridad está exenta de crítica.
Allí donde una ideología se declara infalible, desaparece la posibilidad de corregir errores, y el poder termina convirtiéndose en un fin en sí mismo.
La historia demuestra que ningún sistema inmune a la crítica puede evitar su propia degeneración.
G Orwell advirtió en 1984 que el control del lenguaje constituye el instrumento más eficaz de dominación.
Quien redefine las palabras termina alterando la percepción de la realidad. Cuando la censura pasa a llamarse protección, la miseria se presenta como resistencia heroica y el fracaso económico como victoria política, la verdad deja de ser un criterio objetivo para convertirse en una decisión del poder.
A Solzhenitsyn rechazó toda revolución que justificara la violencia ilimitada en nombre de un futuro ideal.
Ninguna utopía posee legitimidad moral para encarcelar, silenciar o sacrificar seres humanos.
Cuando un proyecto político necesita eliminar la libertad para preservar su existencia, ha perdido toda autoridad ética.
La experiencia de en el Gulag soviético ( nueve años por criticar por privado a la Unión soviética), confirmó que las dictaduras no sobreviven únicamente por el miedo, sino también por la normalización de la mentira.
Su célebre exhortación a ”no vivir en la mentira” sigue siendo una de las críticas más profundas al sometimiento moral que exigen los sistemas totalitarios.
Solzhenitsyn, desarrolló esa misma idea al afirmar que el primer acto de resistencia consiste en ”vivir en la verdad”.
Los regímenes autoritarios dependen de que millones de ciudadanos repitan públicamente aquello que saben falso.
Cuando la verdad deja de ser negociable, el poder comienza a perder su fundamento.
Raymond Aron denunció la indulgencia con que parte de la intelectualidad occidental contempló durante décadas las dictaduras comunistas. Principalmente criticó a J P Sartre y Simone de Beauvoir por su apoyo a Cuba y la Unión Soviética.
Recordó que el sufrimiento de las víctimas jamás puede relativizarse porque el régimen afirme perseguir fines nobles.
Las buenas intenciones no redimen la supresión de las libertades.
Isaac Berlin, alertó contra el peligro de quienes creen poseer una única verdad válida para toda la humanidad.
El pluralismo no representa una debilidad de la democracia, sino su mayor fortaleza. Allí donde solo se admite una verdad oficial, la libertad termina siendo considerada un obstáculo.
Lazlov Kołakowski, tras romper con el marxismo, concluyó que toda ideología que promete una sociedad perfecta termina justificando mecanismos cada vez más brutales para imponerla.
El intento de construir un paraíso terrenal ha producido, una y otra vez, sociedades donde la libertad resulta incompatible con la supervivencia del régimen.
Von Hayek, advirtió en Camino de servidumbre que la concentración extrema del poder económico y político conduce inevitablemente a la erosión de las libertades civiles.
Cuando el Estado monopoliza todas las decisiones esenciales, el individuo pierde progresivamente su autonomía. J F Revel y Raymond Aron lamentaron que numerosos intelectuales ”democráticos” fueran extraordinariamente severos con las democracias liberales, mientras mostraban una indulgencia incomprensible hacia dictaduras responsables de la censura, la persecución y la miseria.
Esa doble vara moral constituye una de las mayores incoherencias éticas del pensamiento político contemporáneo.
Por ello resulta difícil comprender ahora aún más que, en pleno siglo XXI y con semejante acumulación de pruebas históricas, aún existan quienes continúen justificando regímenes totalitarios.
Defender desde una democracia las mismas estructuras que encarcelan opositores, persiguen periodistas, prohíben partidos políticos y restringen las libertades civiles no es un ejercicio de pensamiento crítico, sino una renuncia a él.
La fidelidad a una ideología nunca puede situarse por encima de la dignidad humana. La historia ha emitido un veredicto difícilmente refutable.
Fascismo, nazismo, estalinismo, maoísmo, dictaduras militares y otras formas de autoritarismo difieren en sus símbolos y consignas, pero convergen en un mismo desenlace: concentración del poder, corrupción, censura, asesinatos, pobreza, exilio, miedo y devastación del talento humano.
Las dictaduras cambian de nombre, de bandera y de retórica, la opresión permanece.
Ninguna causa política, por elevada que se proclame, posee legitimidad para situarse por encima de la libertad, del Estado de derecho y de los derechos humanos.
La democracia puede ser imperfecta y corregible, pero el totalitarismo, en cambio, convierte sus errores en dogmas y sus fracasos en obligaciones.
Por eso, como enseñaron Arendt, Popper, Orwell, Camus, Solzhenitsyn, Havel, Aron, Berlin, Kołakowski, Hayek y Revel, la defensa de la libertad no es una cuestión de izquierda o de derecha, sino el fundamento mismo de toda civilización que aspire a ser verdaderamente humana.
Buenas noches o buenos días.
Éste texto fue escrito en un pasado lejano y ahora modificado.