









Pero esa custodia no es inocente ni está exenta de riesgos, toda defensa de la libertad implica una interpretación de su sentido, y es precisamente ahí donde acecha su corrupción.
La historia es un cementerio de libertades malentendidas, de palabras nobles utilizadas como coartada para la dominación.
Bajo esa misma bandera, el nazismo pretendió ”liberar” al mundo de la otredad y el comunismo ”liberar” al hombre de su autonomía.
En ambos casos, la promesa emancipadora encubría un proyecto de uniformización radical, la eliminación de aquello que resiste, que disiente, que introduce diferencia.
La libertad, entonces, dejaba de ser un espacio de coexistencia para convertirse en un mandato excluyente. Cuando el concepto se utiliza para deshumanizar o expropiar la voluntad, ya no es libertad, sino su opresivo reverso.
Se convierte en una abstracción vacía que justifica la negación concreta del otro. El lenguaje permanece, pero su contenido ha sido invertido. Puede llamarse libertad a lo que germina sobre las cenizas del otro? No lo creo posible.
Allí donde la libertad necesita aniquilar para afirmarse, ha dejado ya de ser libertad y se ha transformado en una forma sofisticada en camino a la servidumbre.
El arte, si ha de ser fiel a su vocación, no puede sino señalar esa impostura y resistirse a toda libertad que nazca de la negación de la vida ajena.
Buenos días.