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Medio Ambiente

La traición de la democracia, o cuando ciudadanos libres defienden la tiranía.

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Por: Alfredo Castro 

La traición de la democracia, o cuando ciudadanos libres defienden la tiranía.

 

Hay un punto en el que la buena voluntad intelectual se transforma en capitulación moral. Una de las contradicciones más desconcertantes y, al mismo tiempo, más reveladoras de nuestro tiempo es esta, qué personas que viven en sociedades libres, protegidas por la libertad de expresión y el Estado de derecho, eligen defender o al menos justificar, regímenes que sistemáticamente destruyen esas mismas libertades.
No se trata de casos aislados. Es un patrón recurrente en el espacio público, en la academia y, no menos importante, en las propias páginas de los medios de comunicación.
Y seamos concretos, esto se manifiesta claramente en el apoyo a regímenes como los de Cuba y Venezuela. Aquí emerge una deshonestidad intelectual que ya no puede excusarse como ignorancia.
No son democracias incomprendidas. Son sistemas donde se encarcela a opositores, donde la libertad de prensa está sofocada y donde el poder no puede ser cuestionado sin represalias.
Relativizar esto no es análisis, es apologética, y en última instancia, una forma de traición a los principios fundamentales de la dignidad humana.
La defensa suele adoptar formas previsibles, se invocan injusticias históricas, el papel de Estados Unidos, aspiraciones sociales. Pero esto es una desviación del foco.
El hecho central permanece, seres humanos son privados de sus libertades básicas aquí y ahora. Apoyar estos regímenes en nombre de sus intenciones o de su contexto cultural constituye un colapso lógico y moral.
Es tan contradictorio como defender a un líder autoritario ,Donald Trump, por ejemplo, simplemente porque se admira la cultura de su país.
Apreciar al pueblo cubano, la cultura venezolana o la vitalidad estadounidense nunca puede ser un argumento para respaldar a sus gobiernos cuando estos actúan en contra de los principios democráticos.
Respaldar a los gobernantes de Cuba o Venezuela por simpatía cultural no es, en esencia, distinto de apoyar a Donald Trump únicamente por admirar la cultura estadounidense.
Es confundir a un pueblo con su estructura de poder y, al hacerlo, legitimar aquello que en otros contextos se condenaría sin vacilación. Cómo se sostiene esta contradicción? La respuesta reside, en parte, en una visión simplificada del mundo.
Este se divide en un esquema binario de bien y mal, donde las deficiencias de Occidente pasan a representar lo segundo. En esa lógica, cualquier adversario de Occidente adquiere automáticamente una aura de legitimidad moral, independientemente de cómo trate a sus propios ciudadanos.
Es un cortocircuito intelectual en el que la crítica al propio sistema exige la idealización de su opuesto. A esto se suma una fe ideológica con rasgos casi religiosos.
La promesa de justicia y igualdad adquiere tal peso que eclipsa la realidad. La represión se convierte en un ”problema transitorio”. El sufrimiento humano se reduce a una nota al pie en el relato histórico.
Y, finalmente, está el miedo a haber estado equivocado. Para quien ha construido su identidad durante una gran parte de su vida, en torno a una visión del mundo, reconocer su fracaso supone una amenaza existencial.
Por ello, se opta por no ver. En este contexto, el papel de los medios de comunicación resulta decisivo y profundamente problemático. Los medios se presentan como defensores de la verdad y críticos de la desinformación.
Sin embargo, al mismo tiempo, ofrecen espacio a voces que relativizan regímenes autoritarios, siempre que estos encajen en determinados marcos ideológicos.
Es aquí donde se revela la verdadera incoherencia. Algunas dictaduras son examinadas con rigor implacable.
Otras son tratadas con cautela, comprensión e incluso con abierta simpatía ( cómo el caso de Cuba, Venezuela y Nicaragua).
La diferencia no radica en el grado de opresión, sino en cómo estos regímenes se posicionan retóricamente. Esto no es neutralidad. Es moral selectiva.
Mediante desplazamientos lingüísticos ”democracia imperfecta”, ”modelo alternativo”, la realidad se suaviza. La opresión se presenta como algo manejable, casi legítimo.
El lenguaje actúa como un filtro que protege al lector de la verdad. Las consecuencias son graves. Cuando los medios no mantienen un estándar moral coherente, socavan su propia credibilidad.
La ciudadanía percibe estas contradicciones y responde con desconfianza. Y sin confianza, ninguna democracia puede sostenerse. Esto no es solo un problema periodístico. Es un problema civilizatorio.
Cuando comenzamos a aceptar que ciertas formas de opresión son más ”comprensibles”, que otras, ya hemos abandonado el principio de la dignidad humana como valor universal.
No existe un remedio simple. Pero sí una postura necesaria, el realismo ético. Este implica negarse a transigir en los principios fundamentales.
Significa no permitir que la ideología, la cultura o la geopolítica sirvan de excusa para la opresión. Exige distinguir con claridad entre los pueblos y sus gobiernos, entre la dignidad de las personas y las acciones de los regímenes.
Defender la libertad no consiste únicamente en criticar a los adversarios. Consiste, sobre todo, en negarse a justificar a los propios aliados ideológicos.
La libertad de expresión no es solo un derecho. Es una responsabilidad. Y esa responsabilidad comienza por llamar a las cosas por su nombre.
Buenos días.