Duele verlas desde esa vereda. Duele saber que nos reprimieron con la misma o aún más violencia que los machos abusadores. Duele saber que podrían ser mis compañeras, pero no lo son. Duele saber que están tan alienadas y que son capaces de violentarnos hasta el hastío.

Nos trataron de “perras”, “zorras” y “maracas culias”. Cuando nos subieron al retén no nos dijeron a dónde nos llevaban. Una compañera menor de edad sufrió una crisis de pánico al interior del vehículo policial y no fueron capaces de dejarla salir a respirar. No nos dijeron por qué estábamos retenidas. Nos quitaron nuestras pertenencias al entrar a la celda. Nos mantuvieron incomunicadas por más de cuatro horas. Nos hicieron firmar cuánto papel se les ocurrió. Preguntaron sobre nuestro peso, estatura, características físicas y hasta por nuestros sobrenombres. ¿En serio? ¿Han matado a cuatro mujeres en menos de una semana y nos preguntan por nuestros apodos? ¿Dónde están puestas las prioridades en esta institución?

A punta de gritos resistimos casi ocho horas de detención irregular. Hambre, frío, ganas de ir al baño, pero sobre todo: feminismo y compañerismo. Éramos 22, pero salimos solo 20. Dos chiquillas eran menores de edad, una de ellas se fue antes porque tenía crisis de pánico, a la otra la fue a buscar el papá y estaba muerta de miedo. Las otras dos compañeras, con las que no pudimos salir, fueron llevabas al calabozo para ser pasadas a control de detención. La paca que no es mi compañera las acusó por agresiones. Yo podría haber sido una de ellas, a mí también me acusaron de lo mismo mientras me detenían.

“Liberar, liberar, a las compas por luchar”, escuchábamos de tanto en tanto. Los gritos venían de afuera. Nuestras compañeras hacían vigilia esperando que nos soltaran. Nadie entendía por qué aún seguíamos ahí. A la abogada de Derechos Humanos que nos visitó le dijeron a las 11 que en 40 minutos nos soltarían. Pasaron cuatro horas más y seguíamos firmando un papeleo absurdo e infinito.

Eran las 3.45. Recién a esa hora firmamos el último papel para poder salir. Ya casi ni leíamos lo que firmábamos para poder irnos luego. Además, sabíamos que nuestras compañeras nos esperaban afuera, muertas de frío. Salimos en tres grupos, yo salí en el segundo. Cuando bajé las escaleras de la comisaría vi a mujeres guerreras, vi a mis compañeras, que nunca nos dejaron solas. Nos abrazamos y gritamos. ¿Creyeron que nos iban a debilitar? Al contrario, salimos más fortalecidas de lo que entramos.

“¡Ahora que estamos todas, ahora que sí nos ven, abajo el patriarcado que va a caer, que va a caer. Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer!” Este fue el grito que decidimos que vociferaríamos cuando ya estuviéramos libres. Lo coreamos entre todas cuando salimos. Nos despedimos y yo me fui con esta reflexión: las pacas no son mis compañeras.